En la duda…

Nudo gordiano

Publicado en General by lghenriquez en Marzo 9th, 2008

Ahora, más que nunca, se cumple el dicho que dice “se juntaron el hambre y las ganas de comer”. Diferentes medios al rededor del mundo están curbiendo las manifestaciones populares y revueltas que se desarrollan en varios países por causa de la carestía de alimentos. Los habitantes de México, Camerún, Burkina Faso, Yemen y otros países del tercer mundo – algunos no industrializados y con economías agrícolas de subsistencia- golpeados por el alza en el costo de los insumos, los combustibles y los alimentos, salen a la calle a protestar porque se están quedando sin comida. El problema, en muchos casos, no es la falta de alimentos en los supermercados y almacenes, es la imposibilidad de llevarlos a sus casas por culpa del aumento de los precios.

Las explicaciones más comunes apuntan en distintas direcciones pero todas parecen llegar a la misma conclusión (así sean pocos los que se atrevan a admitirlo): los recursos se concentran en pocas manos mientras que la mayoría desposeída pierde terreno en la lucha por la supervivencia. Por muy simplista que parezca, la situación se presenta de manera bastante clara, la economía globalizada requiere recursos energéticos e insumos que alimenten la industria y el comercio, lo que beneficia a quienes controlan los medios de producción y aumenta el nivel de vida de los países en donde éstos se desarrollan, aumentando a su vez la demanda de bienes, servicios y, por supuesto, alimentos. Como consecuencia del aumento de la producción y el consumo, tanto las industrias como la población incrementan la cantidad de desechos que producen, afectando los ecosistemas, lo que da lugar a otros problemas que actualmente se resumen en el consabido ‘cambio climático’. Entonces, para resarcir parte del mal, se ha optado por explorar la posibilidad de acudir a energías renovables, varias de ellas procedentes de cultivos como el maíz, el arroz y el trigo, los cuales son la fuente principal de alimento para la mayoría de la población que poco o nada se beneficia del auge económico que promete la producción y exportación de biocarburantes.

Para producir estos combustibles menos contaminates, cientos de miles de hectáreas de selva están siendo talados indiscriminadamente, manteniendo o aumentando el problema ecológico, y otras tantas hectáreas de cultivos dirigidos a la producción de alimentos están siendo destinados a la producción de combustibles. Mientras tanto, quienes poseen los medios para adquirir y administrar la tierra están especulando con el precio de los cereales del mismo modo en que se ha venido haciendo con el petróleo, sólo que los primeros, como ya dije, son en muchos casos el único alimento al que tienen acceso cientos de millones de personas en el mundo, lo que aumenta el hambre, las muertes por desnutrición, el descontento general de la población y la violencia con que éste es reprimido por los gobiernos incapaces -o simplemente poco interesados- de garantizar las condiciones mínimas de supervivencia de sus habitantes.

Y mientras tanto la gente se subleva, sale a la calle a exigir que se le respete el más elemental de sus derechos: la vida. Entonces se encienden nuevas revueltas o se atizan otras viejas, el desespero se toma los campos y las ciudades y el pueblo se levanta en armas. Quienes los gobiernan y quienes poseen la tierra, los bancos, las industrias, los medios de comunicación y el largo etcétera de riquezas, se atrincheran detrás de las fuerzas del orden y de un lado y del otro se inicia la carrera armamentista para alimentar ese otro grande de la economía mundial, la guerra. Productores de armas, espías, militares, líderes revolucionarios, paramilitares, mercenarios, lavadores de dinero, narcotraficantes, todos saltan a la primera oportunidad de aplicar otro sabio dicho que reza: “en río revuelto, ganancia de pescadores”.

Nada nuevo, la historia se repite. La Historia, la memoria colectiva de la humanidad, tiene también la capacidad de olvidar, que hace parte del recuerdo. Quienes vivimos del lado de los que tienen podemos sentir simpatía por lo que están del otro lado, quizá un ligero remordimiento, pero cuando el propio pellejo está en juego, más vale olvidar. La mayoría de la gente, empresarios, políticos, empleados, artistas, militares y terroristas (depende de quién lo mire) incluidos, no pertenece en principio e ningún bando, no busca a priori hacer daño o matar de hambre a nadie, es sólo una vez que perciben que su seguridad, su bienestar o sus intereses están en riesgo que se da la espalda a los problemas, que la suerte del otro pasa a un segundo plano y todo parece válido para garantizar la propia superviviencia, así esta se presente como la defensa de una bandera, una religion, un partido o una nacionalidad.

Así, cuando el abismo entre quienes tienen y quienes no se hace más grande, esa supervivencia parece significar para los primeros tener aún más, acumular poder y riqueza, y aumentar su valor por medio de la especulación; para los otros se convierte en algo de vida o muerte y lo único que aumenta es el desespero y la violencia. Mientras que de un lado y del otro cada quien se aferra a un símbolo, a una idea, a una fé, este nudo gordiano se hace más complicado a medida que crece la tensión en sus extremos, mientras que la gente, ‘el pueblo’, desperdigado a lo largo y ancho de la soga, busca escampadero en donde puede. No sé cual será la espada que corte el nudo, pero sospecho que es más posible que ocurra antes de que éste logre desatarse.

El pantalón a rayas

Publicado en General by lghenriquez en Marzo 8th, 2008

Me encontré el otro día con un amiga que me cuenta lo agobiada que anda con la vida. La pobre, que acaba de llegar de cuba, toda broceada y todavía con la pinta de solidaria: pañuelo tejido a mano por algún indígena latinoamericano, camiseta sin marca con impresos psicodélicos y pantalón a rayas fair-trade (que le queda espectacular, por cierto), está cansada de tanto consumismo, de tanta mentira, de tanta hipocresía, dice. Yo no pude evitar sonreír. Pensé, y creo que se lo dije, ¿por qué no se va, entonces? Y la respuesta me sorprendió. Ya lo había hecho, se había ido un día como ese, el de nuestro encuentro, y con cien dólares en el bolsillo arrancó para México con su mochila y, entre chiste y chanza, se quedó cuatro meses, viajando, trabajando en lo que salía, bailando, cantando y conociendo gente. Estuvo en la selva, al sur, cerca de la frontera con Guatemala, y allí pasó un tiempo entre campesinos e indígenas que aún, a pesar de las dificultades, que son muchas, viven esa vida simple y idílica que aquí en Canadá se está poniendo de moda con el nombre de ’simplicidad voluntaria’.

Yo no pensé que una chica tan joven, tan menudita, tan linda, pudiera tener los güevos para dejarlo todo de sopetón y salir a buscar aventuras en un país desconocido -si bien ella es colombiana- sólo con la determinación y la confianza de quien cree en la humanidad. No puede ser fácil. Quién, a estas alturas, se puede imaginar que se puede salir por ahí, esperando acampar en cualquier esquina, buscar posada en la casa de cualquier desconocido, encontrarse con otros que, como ella, no esperan nada de nadie salvo que sea capaz de compartir un poco de sí y de paso colaborar con las tareas mínimas que requiere vivir en comunidad, libres, sin contratos, sin deudas, sin rencores ni miedos. Nadie, creo yo, ni ella misma. Aun así, lo hizo y encontró lo que buscaba. No conozco los detalles de su aventura, pero quedé con ella para que me los contara. Sin embargo, el hecho de habérmela encontrado ese día, viva, saludable, completica, me hizo ver que no le fue mal, que sí es posible, con algo de suerte.

Yo mismo he querido hacerlo más de una vez, todavía me dan ganas, pero me las aguanto. Acojona, la verdad sea dicha. Dentro de lo normal, toma tiempo confiar en la gente, siempre queda la impresión de que algo tiene que haber detrás de cualquier gesto, cualquier acción, y quizá por eso mismo termina uno mismo concertando sus actos en torno a mezquinos intereses. La paranoia de nuestra sociedad. Me pregunto si aún falta por conocer ese otro lado de la vida donde, como dice la canción, “dar es dar”. No hay que mirar muy lejos para ver que hay quienes viven aterrorizados por el otro, inseguros de sí mismos, encerrados en la comodidad de la rutina, incapaces de darse a los demás sin esperar nada a cambio. Insatisfechos, alienados, solitarios. Y entre más se tiene más se teme llegar a perderlo. Por eso creo que su ansiedad, esa angustia con la que me contaba sus proyectos en Montreal sin estar convencida del todo de que fuera eso lo que realmente quería, era parte de un doloroso proceso de liberación. Creo, honestamente, que mi amiga encontró algo allá afuera que vale mucho pero que requiere sacrificios, compromiso, constancia, y espero poder pronto escuchar su historia y que traiga puesto de nuevo ese pantalón a rayas que tan bien le queda.

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El ‘Carelibro’

Publicado en General by lghenriquez en Febrero 23rd, 2008

  Ya está, me ganó la partida. Sucumbí a la tentación del “carelibro” pero no es una derrota del todo. Después de algunos meses de mucho pensarlo creé una cuenta en Facebook. No se emocionen, no estoy para cosquillas ni cervecitas virtuales, el asunto va por otro lado. Si bien me reservo mis dudas con respecto a la profusión con la que todo el mundo se ha metido en el asunto de las redes sociales, los amigos, los mensajitos, las foticos y el buen rollo de la comunidad global, no puedo negar que es una herramienta, ciertamente no imprescindible, pero sí útil. Ya cada uno que haga con ella lo que a bien tenga. Tampoco puedo, por otro lado, dármelas de reaccionario y negar que prácticamente no pasa un día sin que revise mi email, que si no fuera porque el periódico lo regalan en el Metro no saldría de los diarios digitales, y que de vez en cuando me escabullo al MSN a mirar quién anda por ahí y hasta me emociono cuando alguien a quien no veía hace tiempo me manda algún morraco haciendo gracias para saludarme. De no ser así, ni siquiera estaría escribiendo esta página para ponerla en un blog. De todos modos, uno resiste, por no dejar, por no caer de cabeza en el arroyo de cualquier moda.

-¿Y cuál es, pues, la excusa?- se preguntarán los incrédulos. Pues la concurrida marcha del pasado 4 de febrero en Colombia. La misma que reunió a más de diez millones de colombianos (si bien es posible que muchos no tuvieran ni idea del porqué estaban allí) para demostrar su rechazo a las FARC. La marcha que se organizó desde Facebook. Eso sí, que quede claro que no creo que sin Facebook no se hubiera podido lograr, ni mucho menos que haya sido un factor determinante en sí mismo, sino que, para usar el término que tanto gusta en mi tierra, hizo parte de la “coyuntura” que desembocó en el río humano que vimos en fotos y videos llenando las calles de Bogotá y varias otras ciudades. No sé si el asunto hubiera cuajado al estilo de la resistence: que anduvieran los rebeldes -en el sentido más romántico de la palabra- pasándose panfletos por debajo de las mesas, organizando mitines en bares y sótanos, escribiendo poemas y canciones para recitar en privado o tararear con recelo. Como está el patio, la idea se hubiera diluido en las aguas negras del mismo conflicto, acusados unos por guerrilleros, otros por paracos y los que no, por ’sapos’. El Internet, y en este caso particular, Facebook, facilitó la logística, las comunicaciones, la difusión y la prontitud del mensaje: salir a la calle y protestar.

Ahora, para aquellos que no lo sepan, en Colombia andamos en guerra desde hace cosa de 500 años, desde el periodo histórico eufemísticamente llamado la Conquista (porque te quiero te aporreo) hasta nuestro días. Nos la hemos pasando repartiendo machete y plomo a locas y a tontas, y a indígenas, españoles, criollos, realistas, independentistas, centralistas, federalistas, rojos, godos, guerrilleros, militares, narcotraficantes, policías, paramilitares… En fin, al que sea. Todos contra todos, porque, como suele pasar, entre tanto mierdero uno no se entera de con quién ni contra quién se está peleando. Y mucho menos se acuerda de dónde empezó todo, ni por qué sigue ocurriendo, y rara vez se para a preguntarse a dónde va a parar. De ahí la cantidad de víctimas circunstanciales o daños colaterales, o como las llamen. El caso es que estamos en guerra y que parece que hemos llegado (o por los menos nos acercamos) al punto en que el colombiano de a pie, el que nunca a empuñado un machete ni disparado un tiro, está empezando a reaccionar.

Vale la pena analizar el cómo y el porqué de esta reacción, pero no me ocuparé de eso aquí, ni ahora, por ahora. Sin embargo, ya el tema de la marcha demuestra en parte la percepción que se tiene de la situación y como se dibujan las posiciones en el mapa del conflicto: “Un millón de voces contra las FARC”. No queda duda de que a este grupo guerrillero de revolucionario sólo les queda la ‘R’ del acrónimo, ni de que son los causantes, desde hace por lo menos 40 años, de buena parte de la violencia sin sentido que muchas veces nos empeñamos en llamar con una amarga familiaridad “la situación del país”. Pasaron de ser víctimas a victimarios, de defensores a verdugos. En resumen, se han sumado a la maquinaria de corrupción e injusticia que, al fin de cuentas, es la única causante de la guerra. También ponen de su parte los narcos y los paramilitares, y algunos políticos, algunos empresarios, algunos curas, algunos militares, algunos policías, algunas abogadas, algunos periodistas, carniceros, secretarias, comerciantes, estudiantes, amas de casa… en fin, algunos colombianos. Y otros, los que miramos para otro lado y no decimos nada, también. Sin embargo, el 4 de febrero les tocó a ellas, a las FARC, ser el objeto de tanto alboroto: la algarabía que se produce al despertar y darse cuenta de que algo está pasando, de que algo hay que hacer y de que el que calla, otorga.

Parece ser que ahora les va a tocar a los paramilitares. No sé si luego les tocará a los narcos, a los proxenetas o a los violadores. El caso es que en medio de tanta gritería, tanta camiseta, tanto símbolo y tanto Facebook, poco a poco se va perfilando un clamor común, sino por consenso sí por eliminación. Sólo hace falta ver algunos comentarios en Internet, los grafittis, las consignas, para darse cuenta de que el país está dividido por todos los frentes, pero el mensaje de fondo tiende a derrumbar cualquier otro argumento: los colombianos están cansados de tanta violencia y quieren y buscan la paz, una paz que no conocen y que, sea lo que sea, tiene que ser mejor que lo que se está viviendo ahora en el país. Es cierto que la liberación de los secuestrados no es la única solución, tampoco lo es acabar con las FARC, extraditar a los narcos, empacar a los paramilitares en un buque en altamar, destituir a un político corrupto por otro menos peor. Un país no se puede mantener como se mantiene un carro viejo, un ‘gallo’ a la vez, con arreglos hechos con una media velada y un cortauñas (el que haya tenido un R4 sabe a qué me refiero), se hace todos los días, a toda hora y por todos los frentes. Así no lo parezca, la ‘coyuntura’ está dada, el país se está expresando, está exorcizando sus demonios, está entrando en una especie de catarsis que si bien no garantiza soluciones, sí abre puertas a nuevas posibilidades para construir una democracia por la cual se pueda llegar a ellas. Y si parte de eso está pasando en Facebook, así sea mínima, si se convierte en otro escenario más para que los colombianos se expresen y sigan construyendo su nación, pues bienvenido el ‘Carelibro’, si no, a seguir buscando.

La sonrisa del camello

Publicado en General by lghenriquez en Febrero 23rd, 2008

Hace un tiempo, un joven marroquí se me acercó en la calle para ofrecerme unas postales para ayudar a los niños inmigrantes. A seis dólares la postal, estos niños podían dejar el colegio, poner el dinero a término fijo en una fiduciaria y jubilarse antes de los dieciocho. Pero yo, que trabajaba seis días a la semana y no terminaba de pagar la extracción de una muela que llevaba un año esperando bajo mi almohada a que el ratón Pérez (Miguelito para los amigos) pusiera su parte, tuve que abstenerme de hacer la inversión y entregar, casi pidiendo disculpas, los dos euros que llevaba en el bolsillo para contribuir a tan noble causa. El joven activista tuvo que haber notado mi acento o quizás alguna falta en mi francés porque me preguntó, mientras recibía las monedas, de dónde venía. Más tardé yo en responder que él en hacer gala de su dentadura perfecta -la que imagino traía ya desde su país- y mencionar la palabra mágica: ¡Cocaína! (lo dijo en español). La sola mención de mi país fue como despegar una bandera con alguna hoja alucinógena en el centro. ¿Colombia? ¿Cocaine? Es la mejor estrategia de mercadeo después de la Coca-cola. Muchas veces me he preguntado si no sería mejor llevar unos cuantos gramos en el bolsillo para, por lo menos, sacar algún provecho de la situación. Pensé, sin embargo, que era mejor no entrar en mayor controversia con mi amigo camello, pero acerté a decir, como por seguir el juego, que sí, que en Colombia había cocaína y de la mejor, porque esa basura que cultivan en Bolivia sabía a colchón.

Yo nunca he probado la cocaína, en mi adolescencia me aguanté la curiosidad en virtud de una moral de clase media y colegio católico que no me dejaba ni mirarle las piernas a una mujer sin remordimientos. Más adelante supe, por mi experiencia con la marihuana, que simplemente no estaba hecho para las drogas, pero nunca dejé de mirar para arriba al subir las escaleras de un puente o de un metro. El caso es que en la lista de todos los actos y costumbres reprobables que poseo, no se encuentran la producción, el tráfico ni el consumo de drogas recreativas, como les dicen aquí. Aún así, he tenido que sufrir las miradas desconfiadas en las líneas de inmigración de los aeropuertos y las bromas de cajón de cuanto subnormal hace gala de su agudeza mental para sacar a relucir el estereotipo, que más parece un estigma escrito en el pasaporte. Incluso, llegué a desarrollar una paranoia a la hora de viajar que me obligaba a revisar sistemáticamente los bolsillos de mi equipaje, mis pantalones y hasta los pliegues de las camisas, no va y sea que el olor de una servilleta olvidada o una fisura en el tarro de los polvos para los pies hiciera que los sabuesos de la ley se abalanzaran sobre mí como si fuera el jefe de una banda de ladrones de manzanas.

Más allá de estas incomodidades, por demás soportables, después de despedirme de mi amigo camello -así lo bauticé por pura venganza- me puse a pensar en aquellos cuyas vidas se han visto destrozadas o completamente acabadas por el narcotráfico. En los pobres niños de los suburbios de Estados Unidos, quienes se meten por la nariz la tabla periódica que no han podido aprender en las aulas porque los adultos están demasiado ocupados en la guerra contra las drogas por fuera. En los miles de compatriotas que pasan sus días en las cárceles de Norte América y Europa porque la única manera que encontraron de ver cumplidas las promesas de desarrollo y empleo de los políticos fue la de trabajar con los socios de estos mismos políticos en el negocio de las exportaciones. En las familias de los que han muerto en una guerra financiada en gramos de pasta que se cotizan en Wall Street bajo la fachada de sociedades anónimas de responsabilidad limitada. Pienso, y siento rabia, en todos los colombianos de a pie que crecimos y vivimos en la narcocultura de la narcopolítica y la narcoeconomía.

Finalmente, y ahora que lo pienso, puedo decir que Colombia y cocaína sí van de la mano, y no es una broma. Es triste y es injusto, porque la riqueza que se ha generado también se ha quedado en unas pocas manos, porque como ocurrió con el oro, el caucho, la caña de azúcar, las esmeraldas y el petroleo, son unos los que ponen la sangre y las lágrimas, en Colombia, en Afganistán, en Bolivia y en Irak, y son otros los que ven su nombre en las pantallas de Times Square y en los anuncios de la Gran Vía. Y en eso todos somos responsables, sin distinción de raza, nacionalidad, credo o género. Por eso, me declaro culpable como cómplice en la ignorancia del sufrimiento ajeno, en la hipocresía del desarrollo virtual de una aldea global, en el desprecio al valor la diferencia para construir sociedades más justas. Soy culpable por egoísta y por cobarde, porque he adoptado la ignorancia como una bendición y porque he juzgado y condenado a otros sin saberlo y sin siquiera preguntármelo.

Estoy seguro de que la legalización no es la solución por sí sola, pero puede ser parte del remedio. También lo es que se castigue a quienes blanquean el dinero de los carteles en todo el mundo, y que se invierta más en prevención y tratamiento que en fumigación y armas. En fin, cosas por hacer es lo que hay. Y fue la sonrisa perfecta de mi amigo camello, quien seguramente lleva otra historia a sus espaldas y por eso, ahora, lo sigo llamando así de cariño, la que me hizo pensar en todo esto.