Nudo gordiano
Ahora, más que nunca, se cumple el dicho que dice “se juntaron el hambre y las ganas de comer”. Diferentes medios al rededor del mundo están curbiendo las manifestaciones populares y revueltas que se desarrollan en varios países por causa de la carestía de alimentos. Los habitantes de México, Camerún, Burkina Faso, Yemen y otros países del tercer mundo – algunos no industrializados y con economías agrícolas de subsistencia- golpeados por el alza en el costo de los insumos, los combustibles y los alimentos, salen a la calle a protestar porque se están quedando sin comida. El problema, en muchos casos, no es la falta de alimentos en los supermercados y almacenes, es la imposibilidad de llevarlos a sus casas por culpa del aumento de los precios.
Las explicaciones más comunes apuntan en distintas direcciones pero todas parecen llegar a la misma conclusión (así sean pocos los que se atrevan a admitirlo): los recursos se concentran en pocas manos mientras que la mayoría desposeída pierde terreno en la lucha por la supervivencia. Por muy simplista que parezca, la situación se presenta de manera bastante clara, la economía globalizada requiere recursos energéticos e insumos que alimenten la industria y el comercio, lo que beneficia a quienes controlan los medios de producción y aumenta el nivel de vida de los países en donde éstos se desarrollan, aumentando a su vez la demanda de bienes, servicios y, por supuesto, alimentos. Como consecuencia del aumento de la producción y el consumo, tanto las industrias como la población incrementan la cantidad de desechos que producen, afectando los ecosistemas, lo que da lugar a otros problemas que actualmente se resumen en el consabido ‘cambio climático’. Entonces, para resarcir parte del mal, se ha optado por explorar la posibilidad de acudir a energías renovables, varias de ellas procedentes de cultivos como el maíz, el arroz y el trigo, los cuales son la fuente principal de alimento para la mayoría de la población que poco o nada se beneficia del auge económico que promete la producción y exportación de biocarburantes.
Para producir estos combustibles menos contaminates, cientos de miles de hectáreas de selva están siendo talados indiscriminadamente, manteniendo o aumentando el problema ecológico, y otras tantas hectáreas de cultivos dirigidos a la producción de alimentos están siendo destinados a la producción de combustibles. Mientras tanto, quienes poseen los medios para adquirir y administrar la tierra están especulando con el precio de los cereales del mismo modo en que se ha venido haciendo con el petróleo, sólo que los primeros, como ya dije, son en muchos casos el único alimento al que tienen acceso cientos de millones de personas en el mundo, lo que aumenta el hambre, las muertes por desnutrición, el descontento general de la población y la violencia con que éste es reprimido por los gobiernos incapaces -o simplemente poco interesados- de garantizar las condiciones mínimas de supervivencia de sus habitantes.
Y mientras tanto la gente se subleva, sale a la calle a exigir que se le respete el más elemental de sus derechos: la vida. Entonces se encienden nuevas revueltas o se atizan otras viejas, el desespero se toma los campos y las ciudades y el pueblo se levanta en armas. Quienes los gobiernan y quienes poseen la tierra, los bancos, las industrias, los medios de comunicación y el largo etcétera de riquezas, se atrincheran detrás de las fuerzas del orden y de un lado y del otro se inicia la carrera armamentista para alimentar ese otro grande de la economía mundial, la guerra. Productores de armas, espías, militares, líderes revolucionarios, paramilitares, mercenarios, lavadores de dinero, narcotraficantes, todos saltan a la primera oportunidad de aplicar otro sabio dicho que reza: “en río revuelto, ganancia de pescadores”.
Nada nuevo, la historia se repite. La Historia, la memoria colectiva de la humanidad, tiene también la capacidad de olvidar, que hace parte del recuerdo. Quienes vivimos del lado de los que tienen podemos sentir simpatía por lo que están del otro lado, quizá un ligero remordimiento, pero cuando el propio pellejo está en juego, más vale olvidar. La mayoría de la gente, empresarios, políticos, empleados, artistas, militares y terroristas (depende de quién lo mire) incluidos, no pertenece en principio e ningún bando, no busca a priori hacer daño o matar de hambre a nadie, es sólo una vez que perciben que su seguridad, su bienestar o sus intereses están en riesgo que se da la espalda a los problemas, que la suerte del otro pasa a un segundo plano y todo parece válido para garantizar la propia superviviencia, así esta se presente como la defensa de una bandera, una religion, un partido o una nacionalidad.
Así, cuando el abismo entre quienes tienen y quienes no se hace más grande, esa supervivencia parece significar para los primeros tener aún más, acumular poder y riqueza, y aumentar su valor por medio de la especulación; para los otros se convierte en algo de vida o muerte y lo único que aumenta es el desespero y la violencia. Mientras que de un lado y del otro cada quien se aferra a un símbolo, a una idea, a una fé, este nudo gordiano se hace más complicado a medida que crece la tensión en sus extremos, mientras que la gente, ‘el pueblo’, desperdigado a lo largo y ancho de la soga, busca escampadero en donde puede. No sé cual será la espada que corte el nudo, pero sospecho que es más posible que ocurra antes de que éste logre desatarse.
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