Archivo para Marzo 2008
Nudo gordiano
Ahora, más que nunca, se cumple el dicho que dice “se juntaron el hambre y las ganas de comer”. Diferentes medios al rededor del mundo están curbiendo las manifestaciones populares y revueltas que se desarrollan en varios países por causa de la carestía de alimentos. Los habitantes de México, Camerún, Burkina Faso, Yemen y otros países del tercer mundo – algunos no industrializados y con economías agrícolas de subsistencia- golpeados por el alza en el costo de los insumos, los combustibles y los alimentos, salen a la calle a protestar porque se están quedando sin comida. El problema, en muchos casos, no es la falta de alimentos en los supermercados y almacenes, es la imposibilidad de llevarlos a sus casas por culpa del aumento de los precios.
Las explicaciones más comunes apuntan en distintas direcciones pero todas parecen llegar a la misma conclusión (así sean pocos los que se atrevan a admitirlo): los recursos se concentran en pocas manos mientras que la mayoría desposeída pierde terreno en la lucha por la supervivencia. Por muy simplista que parezca, la situación se presenta de manera bastante clara, la economía globalizada requiere recursos energéticos e insumos que alimenten la industria y el comercio, lo que beneficia a quienes controlan los medios de producción y aumenta el nivel de vida de los países en donde éstos se desarrollan, aumentando a su vez la demanda de bienes, servicios y, por supuesto, alimentos. Como consecuencia del aumento de la producción y el consumo, tanto las industrias como la población incrementan la cantidad de desechos que producen, afectando los ecosistemas, lo que da lugar a otros problemas que actualmente se resumen en el consabido ‘cambio climático’. Entonces, para resarcir parte del mal, se ha optado por explorar la posibilidad de acudir a energías renovables, varias de ellas procedentes de cultivos como el maíz, el arroz y el trigo, los cuales son la fuente principal de alimento para la mayoría de la población que poco o nada se beneficia del auge económico que promete la producción y exportación de biocarburantes.
Para producir estos combustibles menos contaminates, cientos de miles de hectáreas de selva están siendo talados indiscriminadamente, manteniendo o aumentando el problema ecológico, y otras tantas hectáreas de cultivos dirigidos a la producción de alimentos están siendo destinados a la producción de combustibles. Mientras tanto, quienes poseen los medios para adquirir y administrar la tierra están especulando con el precio de los cereales del mismo modo en que se ha venido haciendo con el petróleo, sólo que los primeros, como ya dije, son en muchos casos el único alimento al que tienen acceso cientos de millones de personas en el mundo, lo que aumenta el hambre, las muertes por desnutrición, el descontento general de la población y la violencia con que éste es reprimido por los gobiernos incapaces -o simplemente poco interesados- de garantizar las condiciones mínimas de supervivencia de sus habitantes.
Y mientras tanto la gente se subleva, sale a la calle a exigir que se le respete el más elemental de sus derechos: la vida. Entonces se encienden nuevas revueltas o se atizan otras viejas, el desespero se toma los campos y las ciudades y el pueblo se levanta en armas. Quienes los gobiernan y quienes poseen la tierra, los bancos, las industrias, los medios de comunicación y el largo etcétera de riquezas, se atrincheran detrás de las fuerzas del orden y de un lado y del otro se inicia la carrera armamentista para alimentar ese otro grande de la economía mundial, la guerra. Productores de armas, espías, militares, líderes revolucionarios, paramilitares, mercenarios, lavadores de dinero, narcotraficantes, todos saltan a la primera oportunidad de aplicar otro sabio dicho que reza: “en río revuelto, ganancia de pescadores”.
Nada nuevo, la historia se repite. La Historia, la memoria colectiva de la humanidad, tiene también la capacidad de olvidar, que hace parte del recuerdo. Quienes vivimos del lado de los que tienen podemos sentir simpatía por lo que están del otro lado, quizá un ligero remordimiento, pero cuando el propio pellejo está en juego, más vale olvidar. La mayoría de la gente, empresarios, políticos, empleados, artistas, militares y terroristas (depende de quién lo mire) incluidos, no pertenece en principio e ningún bando, no busca a priori hacer daño o matar de hambre a nadie, es sólo una vez que perciben que su seguridad, su bienestar o sus intereses están en riesgo que se da la espalda a los problemas, que la suerte del otro pasa a un segundo plano y todo parece válido para garantizar la propia superviviencia, así esta se presente como la defensa de una bandera, una religion, un partido o una nacionalidad.
Así, cuando el abismo entre quienes tienen y quienes no se hace más grande, esa supervivencia parece significar para los primeros tener aún más, acumular poder y riqueza, y aumentar su valor por medio de la especulación; para los otros se convierte en algo de vida o muerte y lo único que aumenta es el desespero y la violencia. Mientras que de un lado y del otro cada quien se aferra a un símbolo, a una idea, a una fé, este nudo gordiano se hace más complicado a medida que crece la tensión en sus extremos, mientras que la gente, ‘el pueblo’, desperdigado a lo largo y ancho de la soga, busca escampadero en donde puede. No sé cual será la espada que corte el nudo, pero sospecho que es más posible que ocurra antes de que éste logre desatarse.
El pantalón a rayas
Me encontré el otro día con un amiga que me cuenta lo agobiada que anda con la vida. La pobre, que acaba de llegar de cuba, toda broceada y todavía con la pinta de solidaria: pañuelo tejido a mano por algún indígena latinoamericano, camiseta sin marca con impresos psicodélicos y pantalón a rayas fair-trade (que le queda espectacular, por cierto), está cansada de tanto consumismo, de tanta mentira, de tanta hipocresía, dice. Yo no pude evitar sonreír. Pensé, y creo que se lo dije, ¿por qué no se va, entonces? Y la respuesta me sorprendió. Ya lo había hecho, se había ido un día como ese, el de nuestro encuentro, y con cien dólares en el bolsillo arrancó para México con su mochila y, entre chiste y chanza, se quedó cuatro meses, viajando, trabajando en lo que salía, bailando, cantando y conociendo gente. Estuvo en la selva, al sur, cerca de la frontera con Guatemala, y allí pasó un tiempo entre campesinos e indígenas que aún, a pesar de las dificultades, que son muchas, viven esa vida simple y idílica que aquí en Canadá se está poniendo de moda con el nombre de ’simplicidad voluntaria’.
Yo no pensé que una chica tan joven, tan menudita, tan linda, pudiera tener los güevos para dejarlo todo de sopetón y salir a buscar aventuras en un país desconocido -si bien ella es colombiana- sólo con la determinación y la confianza de quien cree en la humanidad. No puede ser fácil. Quién, a estas alturas, se puede imaginar que se puede salir por ahí, esperando acampar en cualquier esquina, buscar posada en la casa de cualquier desconocido, encontrarse con otros que, como ella, no esperan nada de nadie salvo que sea capaz de compartir un poco de sí y de paso colaborar con las tareas mínimas que requiere vivir en comunidad, libres, sin contratos, sin deudas, sin rencores ni miedos. Nadie, creo yo, ni ella misma. Aun así, lo hizo y encontró lo que buscaba. No conozco los detalles de su aventura, pero quedé con ella para que me los contara. Sin embargo, el hecho de habérmela encontrado ese día, viva, saludable, completica, me hizo ver que no le fue mal, que sí es posible, con algo de suerte.
Yo mismo he querido hacerlo más de una vez, todavía me dan ganas, pero me las aguanto. Acojona, la verdad sea dicha. Dentro de lo normal, toma tiempo confiar en la gente, siempre queda la impresión de que algo tiene que haber detrás de cualquier gesto, cualquier acción, y quizá por eso mismo termina uno mismo concertando sus actos en torno a mezquinos intereses. La paranoia de nuestra sociedad. Me pregunto si aún falta por conocer ese otro lado de la vida donde, como dice la canción, “dar es dar”. No hay que mirar muy lejos para ver que hay quienes viven aterrorizados por el otro, inseguros de sí mismos, encerrados en la comodidad de la rutina, incapaces de darse a los demás sin esperar nada a cambio. Insatisfechos, alienados, solitarios. Y entre más se tiene más se teme llegar a perderlo. Por eso creo que su ansiedad, esa angustia con la que me contaba sus proyectos en Montreal sin estar convencida del todo de que fuera eso lo que realmente quería, era parte de un doloroso proceso de liberación. Creo, honestamente, que mi amiga encontró algo allá afuera que vale mucho pero que requiere sacrificios, compromiso, constancia, y espero poder pronto escuchar su historia y que traiga puesto de nuevo ese pantalón a rayas que tan bien le queda.
Kosovo and far away
Es genial lo de los medios de comunicación, convierten en noticia lo que quieren, cuando quieren y, sobre todo, como quieren. Y aunque esto no es nuevo, uno siempre recuerda aquella genial frase de “yo en lo único que me creo de los periódicos es la fecha”. Pero lo realmente divertido es lo de la gente. De un día para otro todos nos convertimos en expertos sobre los temas de actualidad más relevantes y vertimos opiniones versadísimas sobre los asuntos más intricados e inespugnables. ¿Y cuál es el tema del momento en “Europamedia”?: claro está, la independencia de Kosovo. Y uno no es que tenga mucha idea de los conflictos balcánicos, para que mentir, pero sí he de reconocer que es un tema que me apasiona desde hace tiempo, y aún más si cabe después mis viajes por Croacia, Bosnia-Herzegovina y Serbia, países donde además tengo algún amigo y donde he conocido a gente cuando menos interesante por culpa de (o gracias a) trenes nocturnos a Cracovia y otros periplos igualmente surrealistas. Y ese interés me ha llevado a leer bastantes de las cosas que se han publicado en español sobre el mismo, entre los que por cierto destaco y recomiendo Postales desde la Tumba (Emir Suljagic), Cuaderno de Sarajevo (Juan Goytisolo), La desintegración de Yugoslavia y otros del mismo autor (Carlos Taibo), Territorio Comanche (Arturo Pérez-Reverte) o La venganza de la historia (Hermann Tertsch) que, aunque no trata directamente sobre el asunto aquí abordado, te proporciona un contexto sobre el Centro y Este de la Europa de las últimas décadas de extraordinaria definición y profundidad.
Bueno, el caso es que ahora nuestros ministros (en España) dicen que la declaración unilateral de independencia de Kosovo es ilegal y que se está violando la resolución mil doscientos y pico de la OTAN (alineándose con nuestros “colegas de siempre”: Rusia, Chipre, Rumanía…). Y que conste que no es ninguna crítica, que la diplomacia no es precisamente lo mío. Pero el caso es que en Europa no nos ponemos de acuerdo. Yo desde mi particular punto de vista debo admitir que me faltan argumentos (y lecturas, y tal vez alguna clase de historia…) para tener (y menos aún dar) una opinión formada. Pero siempre que se habla de Kosovo me vienen a la cabeza unas palabras de una chica que conocí (Branislava se llamaba y provenía del norte de ), y que trataré de reproducir ahora de la manera más fiel posible (con ciertas licencias en la traducción eso sí): “Es cierto, nosotros tuvimos la culpa en la Guerra de Bosnia, fuimos unos cabrones y lo estropeamos todo porque no llevábamos razón… ¿pero Kosovo? Kosovo es otra historia. Kosovo históricamente ha sido una provincia serbia, lo que pasa es que en tiempos de Tito, el Mariscal permitió a los albaneses que se asentasen allí. Pero fue una prerrogativa. Lo que sucedió después todo el mundo lo sabe. La población albanesa creció mucho más rápidamente y comenzó a reivindicar la independencia. Nosotros volvimos a repetir nuestros errores y por eso la OTAN nos bombardeó en 1998. Pero, ¿en qué coño estaba pensando la OTAN? ¡Por favor! Yo tenía 19 años y vivía en el norte del país. Allí no habíamos visto a un albano-kosovar en nuestras vidas… y sin embargo teníamos que dormir en un refugio-despensa subterráneo, bajo la cocina ¡porque las bombas estaban cayendo a doscientos metros de nuestra casa! Desde luego no hicimos bien, ¿pero Kosovo independiente?, ¿con qué derecho?”
Como digo, yo lo único que sé es que desde hace un par de semanas Kosovo es semi-independiente (y sigo “semi-independencia” poque su reconocimiento internacional como se sabe no ha sido ni mucho menos pacífico) y tras gastarse un millón de euros en celebraciones, los cortes de electricidad siguen siendo habituales, las infraestructuras muy deficientes y la pobreza visible.
Por otra parte alguien dijo que el hecho de que Tadic (candidato tildado de europeísta) ganase las presidenciales, no iba a ser precisamente la panacea de todos los problemas, sino que precisamente los iba a agravar. Y de hecho desde un primer momento ya hemos visto como no ya el Partido Radical, sino que el Primer Ministro Vojislav Kostunica, supuesto compañero de armas del Partido Democrático, se ha opuesto fervientemente al discurso conciliador de Tadic, quien se encuentra ya en este momento en una situación verdaderamente comprometida. Así, hay quien plantea que si hubiese ganado las elecciones Nikolic, del Partido Radical, al menos, tras cuatro años duros tanto para los serbios (debido a la persistencia de la denegación sistemática de visados entre otras muchas cosas) como para los albano-kosovares (quienes tenían muchas probabilidades de haberse visto obligados a retomar las armas), la población se hubiese dado cuenta de que se encontraban en un callejón sin salida y tal vez, ahora sí, preparados para una catarsis definitiva. El cambio, por tanto, tal vez se haya producido demasiado pronto y el contexto (una población entre defraudada y furiosa), desde luego, no ayuda. Esperemos que de aquí a poco no se llegue a la conclusión de que el cambio que Serbia necesita es un retorno al Partido Radical.