En la duda…

La sonrisa del camello

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Hace un tiempo, un joven marroquí se me acercó en la calle para ofrecerme unas postales para ayudar a los niños inmigrantes. A seis dólares la postal, estos niños podían dejar el colegio, poner el dinero a término fijo en una fiduciaria y jubilarse antes de los dieciocho. Pero yo, que trabajaba seis días a la semana y no terminaba de pagar la extracción de una muela que llevaba un año esperando bajo mi almohada a que el ratón Pérez (Miguelito para los amigos) pusiera su parte, tuve que abstenerme de hacer la inversión y entregar, casi pidiendo disculpas, los dos euros que llevaba en el bolsillo para contribuir a tan noble causa. El joven activista tuvo que haber notado mi acento o quizás alguna falta en mi francés porque me preguntó, mientras recibía las monedas, de dónde venía. Más tardé yo en responder que él en hacer gala de su dentadura perfecta -la que imagino traía ya desde su país- y mencionar la palabra mágica: ¡Cocaína! (lo dijo en español). La sola mención de mi país fue como despegar una bandera con alguna hoja alucinógena en el centro. ¿Colombia? ¿Cocaine? Es la mejor estrategia de mercadeo después de la Coca-cola. Muchas veces me he preguntado si no sería mejor llevar unos cuantos gramos en el bolsillo para, por lo menos, sacar algún provecho de la situación. Pensé, sin embargo, que era mejor no entrar en mayor controversia con mi amigo camello, pero acerté a decir, como por seguir el juego, que sí, que en Colombia había cocaína y de la mejor, porque esa basura que cultivan en Bolivia sabía a colchón.

Yo nunca he probado la cocaína, en mi adolescencia me aguanté la curiosidad en virtud de una moral de clase media y colegio católico que no me dejaba ni mirarle las piernas a una mujer sin remordimientos. Más adelante supe, por mi experiencia con la marihuana, que simplemente no estaba hecho para las drogas, pero nunca dejé de mirar para arriba al subir las escaleras de un puente o de un metro. El caso es que en la lista de todos los actos y costumbres reprobables que poseo, no se encuentran la producción, el tráfico ni el consumo de drogas recreativas, como les dicen aquí. Aún así, he tenido que sufrir las miradas desconfiadas en las líneas de inmigración de los aeropuertos y las bromas de cajón de cuanto subnormal hace gala de su agudeza mental para sacar a relucir el estereotipo, que más parece un estigma escrito en el pasaporte. Incluso, llegué a desarrollar una paranoia a la hora de viajar que me obligaba a revisar sistemáticamente los bolsillos de mi equipaje, mis pantalones y hasta los pliegues de las camisas, no va y sea que el olor de una servilleta olvidada o una fisura en el tarro de los polvos para los pies hiciera que los sabuesos de la ley se abalanzaran sobre mí como si fuera el jefe de una banda de ladrones de manzanas.

Más allá de estas incomodidades, por demás soportables, después de despedirme de mi amigo camello -así lo bauticé por pura venganza- me puse a pensar en aquellos cuyas vidas se han visto destrozadas o completamente acabadas por el narcotráfico. En los pobres niños de los suburbios de Estados Unidos, quienes se meten por la nariz la tabla periódica que no han podido aprender en las aulas porque los adultos están demasiado ocupados en la guerra contra las drogas por fuera. En los miles de compatriotas que pasan sus días en las cárceles de Norte América y Europa porque la única manera que encontraron de ver cumplidas las promesas de desarrollo y empleo de los políticos fue la de trabajar con los socios de estos mismos políticos en el negocio de las exportaciones. En las familias de los que han muerto en una guerra financiada en gramos de pasta que se cotizan en Wall Street bajo la fachada de sociedades anónimas de responsabilidad limitada. Pienso, y siento rabia, en todos los colombianos de a pie que crecimos y vivimos en la narcocultura de la narcopolítica y la narcoeconomía.

Finalmente, y ahora que lo pienso, puedo decir que Colombia y cocaína sí van de la mano, y no es una broma. Es triste y es injusto, porque la riqueza que se ha generado también se ha quedado en unas pocas manos, porque como ocurrió con el oro, el caucho, la caña de azúcar, las esmeraldas y el petroleo, son unos los que ponen la sangre y las lágrimas, en Colombia, en Afganistán, en Bolivia y en Irak, y son otros los que ven su nombre en las pantallas de Times Square y en los anuncios de la Gran Vía. Y en eso todos somos responsables, sin distinción de raza, nacionalidad, credo o género. Por eso, me declaro culpable como cómplice en la ignorancia del sufrimiento ajeno, en la hipocresía del desarrollo virtual de una aldea global, en el desprecio al valor la diferencia para construir sociedades más justas. Soy culpable por egoísta y por cobarde, porque he adoptado la ignorancia como una bendición y porque he juzgado y condenado a otros sin saberlo y sin siquiera preguntármelo.

Estoy seguro de que la legalización no es la solución por sí sola, pero puede ser parte del remedio. También lo es que se castigue a quienes blanquean el dinero de los carteles en todo el mundo, y que se invierta más en prevención y tratamiento que en fumigación y armas. En fin, cosas por hacer es lo que hay. Y fue la sonrisa perfecta de mi amigo camello, quien seguramente lleva otra historia a sus espaldas y por eso, ahora, lo sigo llamando así de cariño, la que me hizo pensar en todo esto.

Escrito por lghenriquez

23 Febrero, 2008 a 1:32 am

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