El ‘Carelibro’
Ya está, me ganó la partida. Sucumbí a la tentación del “carelibro” pero no es una derrota del todo. Después de algunos meses de mucho pensarlo creé una cuenta en Facebook. No se emocionen, no estoy para cosquillas ni cervecitas virtuales, el asunto va por otro lado. Si bien me reservo mis dudas con respecto a la profusión con la que todo el mundo se ha metido en el asunto de las redes sociales, los amigos, los mensajitos, las foticos y el buen rollo de la comunidad global, no puedo negar que es una herramienta, ciertamente no imprescindible, pero sí útil. Ya cada uno que haga con ella lo que a bien tenga. Tampoco puedo, por otro lado, dármelas de reaccionario y negar que prácticamente no pasa un día sin que revise mi email, que si no fuera porque el periódico lo regalan en el Metro no saldría de los diarios digitales, y que de vez en cuando me escabullo al MSN a mirar quién anda por ahí y hasta me emociono cuando alguien a quien no veía hace tiempo me manda algún morraco haciendo gracias para saludarme. De no ser así, ni siquiera estaría escribiendo esta página para ponerla en un blog. De todos modos, uno resiste, por no dejar, por no caer de cabeza en el arroyo de cualquier moda.
-¿Y cuál es, pues, la excusa?- se preguntarán los incrédulos. Pues la concurrida marcha del pasado 4 de febrero en Colombia. La misma que reunió a más de diez millones de colombianos (si bien es posible que muchos no tuvieran ni idea del porqué estaban allí) para demostrar su rechazo a las FARC. La marcha que se organizó desde Facebook. Eso sí, que quede claro que no creo que sin Facebook no se hubiera podido lograr, ni mucho menos que haya sido un factor determinante en sí mismo, sino que, para usar el término que tanto gusta en mi tierra, hizo parte de la “coyuntura” que desembocó en el río humano que vimos en fotos y videos llenando las calles de Bogotá y varias otras ciudades. No sé si el asunto hubiera cuajado al estilo de la resistence: que anduvieran los rebeldes -en el sentido más romántico de la palabra- pasándose panfletos por debajo de las mesas, organizando mitines en bares y sótanos, escribiendo poemas y canciones para recitar en privado o tararear con recelo. Como está el patio, la idea se hubiera diluido en las aguas negras del mismo conflicto, acusados unos por guerrilleros, otros por paracos y los que no, por ’sapos’. El Internet, y en este caso particular, Facebook, facilitó la logística, las comunicaciones, la difusión y la prontitud del mensaje: salir a la calle y protestar.
Ahora, para aquellos que no lo sepan, en Colombia andamos en guerra desde hace cosa de 500 años, desde el periodo histórico eufemísticamente llamado la Conquista (porque te quiero te aporreo) hasta nuestro días. Nos la hemos pasando repartiendo machete y plomo a locas y a tontas, y a indígenas, españoles, criollos, realistas, independentistas, centralistas, federalistas, rojos, godos, guerrilleros, militares, narcotraficantes, policías, paramilitares… En fin, al que sea. Todos contra todos, porque, como suele pasar, entre tanto mierdero uno no se entera de con quién ni contra quién se está peleando. Y mucho menos se acuerda de dónde empezó todo, ni por qué sigue ocurriendo, y rara vez se para a preguntarse a dónde va a parar. De ahí la cantidad de víctimas circunstanciales o daños colaterales, o como las llamen. El caso es que estamos en guerra y que parece que hemos llegado (o por los menos nos acercamos) al punto en que el colombiano de a pie, el que nunca a empuñado un machete ni disparado un tiro, está empezando a reaccionar.
Vale la pena analizar el cómo y el porqué de esta reacción, pero no me ocuparé de eso aquí, ni ahora, por ahora. Sin embargo, ya el tema de la marcha demuestra en parte la percepción que se tiene de la situación y como se dibujan las posiciones en el mapa del conflicto: “Un millón de voces contra las FARC”. No queda duda de que a este grupo guerrillero de revolucionario sólo les queda la ‘R’ del acrónimo, ni de que son los causantes, desde hace por lo menos 40 años, de buena parte de la violencia sin sentido que muchas veces nos empeñamos en llamar con una amarga familiaridad “la situación del país”. Pasaron de ser víctimas a victimarios, de defensores a verdugos. En resumen, se han sumado a la maquinaria de corrupción e injusticia que, al fin de cuentas, es la única causante de la guerra. También ponen de su parte los narcos y los paramilitares, y algunos políticos, algunos empresarios, algunos curas, algunos militares, algunos policías, algunas abogadas, algunos periodistas, carniceros, secretarias, comerciantes, estudiantes, amas de casa… en fin, algunos colombianos. Y otros, los que miramos para otro lado y no decimos nada, también. Sin embargo, el 4 de febrero les tocó a ellas, a las FARC, ser el objeto de tanto alboroto: la algarabía que se produce al despertar y darse cuenta de que algo está pasando, de que algo hay que hacer y de que el que calla, otorga.
Parece ser que ahora les va a tocar a los paramilitares. No sé si luego les tocará a los narcos, a los proxenetas o a los violadores. El caso es que en medio de tanta gritería, tanta camiseta, tanto símbolo y tanto Facebook, poco a poco se va perfilando un clamor común, sino por consenso sí por eliminación. Sólo hace falta ver algunos comentarios en Internet, los grafittis, las consignas, para darse cuenta de que el país está dividido por todos los frentes, pero el mensaje de fondo tiende a derrumbar cualquier otro argumento: los colombianos están cansados de tanta violencia y quieren y buscan la paz, una paz que no conocen y que, sea lo que sea, tiene que ser mejor que lo que se está viviendo ahora en el país. Es cierto que la liberación de los secuestrados no es la única solución, tampoco lo es acabar con las FARC, extraditar a los narcos, empacar a los paramilitares en un buque en altamar, destituir a un político corrupto por otro menos peor. Un país no se puede mantener como se mantiene un carro viejo, un ‘gallo’ a la vez, con arreglos hechos con una media velada y un cortauñas (el que haya tenido un R4 sabe a qué me refiero), se hace todos los días, a toda hora y por todos los frentes. Así no lo parezca, la ‘coyuntura’ está dada, el país se está expresando, está exorcizando sus demonios, está entrando en una especie de catarsis que si bien no garantiza soluciones, sí abre puertas a nuevas posibilidades para construir una democracia por la cual se pueda llegar a ellas. Y si parte de eso está pasando en Facebook, así sea mínima, si se convierte en otro escenario más para que los colombianos se expresen y sigan construyendo su nación, pues bienvenido el ‘Carelibro’, si no, a seguir buscando.
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