En la duda…

El ‘Carelibro’

Publicado en General by lghenriquez en Febrero 23rd, 2008

  Ya está, me ganó la partida. Sucumbí a la tentación del “carelibro” pero no es una derrota del todo. Después de algunos meses de mucho pensarlo creé una cuenta en Facebook. No se emocionen, no estoy para cosquillas ni cervecitas virtuales, el asunto va por otro lado. Si bien me reservo mis dudas con respecto a la profusión con la que todo el mundo se ha metido en el asunto de las redes sociales, los amigos, los mensajitos, las foticos y el buen rollo de la comunidad global, no puedo negar que es una herramienta, ciertamente no imprescindible, pero sí útil. Ya cada uno que haga con ella lo que a bien tenga. Tampoco puedo, por otro lado, dármelas de reaccionario y negar que prácticamente no pasa un día sin que revise mi email, que si no fuera porque el periódico lo regalan en el Metro no saldría de los diarios digitales, y que de vez en cuando me escabullo al MSN a mirar quién anda por ahí y hasta me emociono cuando alguien a quien no veía hace tiempo me manda algún morraco haciendo gracias para saludarme. De no ser así, ni siquiera estaría escribiendo esta página para ponerla en un blog. De todos modos, uno resiste, por no dejar, por no caer de cabeza en el arroyo de cualquier moda.

-¿Y cuál es, pues, la excusa?- se preguntarán los incrédulos. Pues la concurrida marcha del pasado 4 de febrero en Colombia. La misma que reunió a más de diez millones de colombianos (si bien es posible que muchos no tuvieran ni idea del porqué estaban allí) para demostrar su rechazo a las FARC. La marcha que se organizó desde Facebook. Eso sí, que quede claro que no creo que sin Facebook no se hubiera podido lograr, ni mucho menos que haya sido un factor determinante en sí mismo, sino que, para usar el término que tanto gusta en mi tierra, hizo parte de la “coyuntura” que desembocó en el río humano que vimos en fotos y videos llenando las calles de Bogotá y varias otras ciudades. No sé si el asunto hubiera cuajado al estilo de la resistence: que anduvieran los rebeldes -en el sentido más romántico de la palabra- pasándose panfletos por debajo de las mesas, organizando mitines en bares y sótanos, escribiendo poemas y canciones para recitar en privado o tararear con recelo. Como está el patio, la idea se hubiera diluido en las aguas negras del mismo conflicto, acusados unos por guerrilleros, otros por paracos y los que no, por ’sapos’. El Internet, y en este caso particular, Facebook, facilitó la logística, las comunicaciones, la difusión y la prontitud del mensaje: salir a la calle y protestar.

Ahora, para aquellos que no lo sepan, en Colombia andamos en guerra desde hace cosa de 500 años, desde el periodo histórico eufemísticamente llamado la Conquista (porque te quiero te aporreo) hasta nuestro días. Nos la hemos pasando repartiendo machete y plomo a locas y a tontas, y a indígenas, españoles, criollos, realistas, independentistas, centralistas, federalistas, rojos, godos, guerrilleros, militares, narcotraficantes, policías, paramilitares… En fin, al que sea. Todos contra todos, porque, como suele pasar, entre tanto mierdero uno no se entera de con quién ni contra quién se está peleando. Y mucho menos se acuerda de dónde empezó todo, ni por qué sigue ocurriendo, y rara vez se para a preguntarse a dónde va a parar. De ahí la cantidad de víctimas circunstanciales o daños colaterales, o como las llamen. El caso es que estamos en guerra y que parece que hemos llegado (o por los menos nos acercamos) al punto en que el colombiano de a pie, el que nunca a empuñado un machete ni disparado un tiro, está empezando a reaccionar.

Vale la pena analizar el cómo y el porqué de esta reacción, pero no me ocuparé de eso aquí, ni ahora, por ahora. Sin embargo, ya el tema de la marcha demuestra en parte la percepción que se tiene de la situación y como se dibujan las posiciones en el mapa del conflicto: “Un millón de voces contra las FARC”. No queda duda de que a este grupo guerrillero de revolucionario sólo les queda la ‘R’ del acrónimo, ni de que son los causantes, desde hace por lo menos 40 años, de buena parte de la violencia sin sentido que muchas veces nos empeñamos en llamar con una amarga familiaridad “la situación del país”. Pasaron de ser víctimas a victimarios, de defensores a verdugos. En resumen, se han sumado a la maquinaria de corrupción e injusticia que, al fin de cuentas, es la única causante de la guerra. También ponen de su parte los narcos y los paramilitares, y algunos políticos, algunos empresarios, algunos curas, algunos militares, algunos policías, algunas abogadas, algunos periodistas, carniceros, secretarias, comerciantes, estudiantes, amas de casa… en fin, algunos colombianos. Y otros, los que miramos para otro lado y no decimos nada, también. Sin embargo, el 4 de febrero les tocó a ellas, a las FARC, ser el objeto de tanto alboroto: la algarabía que se produce al despertar y darse cuenta de que algo está pasando, de que algo hay que hacer y de que el que calla, otorga.

Parece ser que ahora les va a tocar a los paramilitares. No sé si luego les tocará a los narcos, a los proxenetas o a los violadores. El caso es que en medio de tanta gritería, tanta camiseta, tanto símbolo y tanto Facebook, poco a poco se va perfilando un clamor común, sino por consenso sí por eliminación. Sólo hace falta ver algunos comentarios en Internet, los grafittis, las consignas, para darse cuenta de que el país está dividido por todos los frentes, pero el mensaje de fondo tiende a derrumbar cualquier otro argumento: los colombianos están cansados de tanta violencia y quieren y buscan la paz, una paz que no conocen y que, sea lo que sea, tiene que ser mejor que lo que se está viviendo ahora en el país. Es cierto que la liberación de los secuestrados no es la única solución, tampoco lo es acabar con las FARC, extraditar a los narcos, empacar a los paramilitares en un buque en altamar, destituir a un político corrupto por otro menos peor. Un país no se puede mantener como se mantiene un carro viejo, un ‘gallo’ a la vez, con arreglos hechos con una media velada y un cortauñas (el que haya tenido un R4 sabe a qué me refiero), se hace todos los días, a toda hora y por todos los frentes. Así no lo parezca, la ‘coyuntura’ está dada, el país se está expresando, está exorcizando sus demonios, está entrando en una especie de catarsis que si bien no garantiza soluciones, sí abre puertas a nuevas posibilidades para construir una democracia por la cual se pueda llegar a ellas. Y si parte de eso está pasando en Facebook, así sea mínima, si se convierte en otro escenario más para que los colombianos se expresen y sigan construyendo su nación, pues bienvenido el ‘Carelibro’, si no, a seguir buscando.

La sonrisa del camello

Publicado en General by lghenriquez en Febrero 23rd, 2008

Hace un tiempo, un joven marroquí se me acercó en la calle para ofrecerme unas postales para ayudar a los niños inmigrantes. A seis dólares la postal, estos niños podían dejar el colegio, poner el dinero a término fijo en una fiduciaria y jubilarse antes de los dieciocho. Pero yo, que trabajaba seis días a la semana y no terminaba de pagar la extracción de una muela que llevaba un año esperando bajo mi almohada a que el ratón Pérez (Miguelito para los amigos) pusiera su parte, tuve que abstenerme de hacer la inversión y entregar, casi pidiendo disculpas, los dos euros que llevaba en el bolsillo para contribuir a tan noble causa. El joven activista tuvo que haber notado mi acento o quizás alguna falta en mi francés porque me preguntó, mientras recibía las monedas, de dónde venía. Más tardé yo en responder que él en hacer gala de su dentadura perfecta -la que imagino traía ya desde su país- y mencionar la palabra mágica: ¡Cocaína! (lo dijo en español). La sola mención de mi país fue como despegar una bandera con alguna hoja alucinógena en el centro. ¿Colombia? ¿Cocaine? Es la mejor estrategia de mercadeo después de la Coca-cola. Muchas veces me he preguntado si no sería mejor llevar unos cuantos gramos en el bolsillo para, por lo menos, sacar algún provecho de la situación. Pensé, sin embargo, que era mejor no entrar en mayor controversia con mi amigo camello, pero acerté a decir, como por seguir el juego, que sí, que en Colombia había cocaína y de la mejor, porque esa basura que cultivan en Bolivia sabía a colchón.

Yo nunca he probado la cocaína, en mi adolescencia me aguanté la curiosidad en virtud de una moral de clase media y colegio católico que no me dejaba ni mirarle las piernas a una mujer sin remordimientos. Más adelante supe, por mi experiencia con la marihuana, que simplemente no estaba hecho para las drogas, pero nunca dejé de mirar para arriba al subir las escaleras de un puente o de un metro. El caso es que en la lista de todos los actos y costumbres reprobables que poseo, no se encuentran la producción, el tráfico ni el consumo de drogas recreativas, como les dicen aquí. Aún así, he tenido que sufrir las miradas desconfiadas en las líneas de inmigración de los aeropuertos y las bromas de cajón de cuanto subnormal hace gala de su agudeza mental para sacar a relucir el estereotipo, que más parece un estigma escrito en el pasaporte. Incluso, llegué a desarrollar una paranoia a la hora de viajar que me obligaba a revisar sistemáticamente los bolsillos de mi equipaje, mis pantalones y hasta los pliegues de las camisas, no va y sea que el olor de una servilleta olvidada o una fisura en el tarro de los polvos para los pies hiciera que los sabuesos de la ley se abalanzaran sobre mí como si fuera el jefe de una banda de ladrones de manzanas.

Más allá de estas incomodidades, por demás soportables, después de despedirme de mi amigo camello -así lo bauticé por pura venganza- me puse a pensar en aquellos cuyas vidas se han visto destrozadas o completamente acabadas por el narcotráfico. En los pobres niños de los suburbios de Estados Unidos, quienes se meten por la nariz la tabla periódica que no han podido aprender en las aulas porque los adultos están demasiado ocupados en la guerra contra las drogas por fuera. En los miles de compatriotas que pasan sus días en las cárceles de Norte América y Europa porque la única manera que encontraron de ver cumplidas las promesas de desarrollo y empleo de los políticos fue la de trabajar con los socios de estos mismos políticos en el negocio de las exportaciones. En las familias de los que han muerto en una guerra financiada en gramos de pasta que se cotizan en Wall Street bajo la fachada de sociedades anónimas de responsabilidad limitada. Pienso, y siento rabia, en todos los colombianos de a pie que crecimos y vivimos en la narcocultura de la narcopolítica y la narcoeconomía.

Finalmente, y ahora que lo pienso, puedo decir que Colombia y cocaína sí van de la mano, y no es una broma. Es triste y es injusto, porque la riqueza que se ha generado también se ha quedado en unas pocas manos, porque como ocurrió con el oro, el caucho, la caña de azúcar, las esmeraldas y el petroleo, son unos los que ponen la sangre y las lágrimas, en Colombia, en Afganistán, en Bolivia y en Irak, y son otros los que ven su nombre en las pantallas de Times Square y en los anuncios de la Gran Vía. Y en eso todos somos responsables, sin distinción de raza, nacionalidad, credo o género. Por eso, me declaro culpable como cómplice en la ignorancia del sufrimiento ajeno, en la hipocresía del desarrollo virtual de una aldea global, en el desprecio al valor la diferencia para construir sociedades más justas. Soy culpable por egoísta y por cobarde, porque he adoptado la ignorancia como una bendición y porque he juzgado y condenado a otros sin saberlo y sin siquiera preguntármelo.

Estoy seguro de que la legalización no es la solución por sí sola, pero puede ser parte del remedio. También lo es que se castigue a quienes blanquean el dinero de los carteles en todo el mundo, y que se invierta más en prevención y tratamiento que en fumigación y armas. En fin, cosas por hacer es lo que hay. Y fue la sonrisa perfecta de mi amigo camello, quien seguramente lleva otra historia a sus espaldas y por eso, ahora, lo sigo llamando así de cariño, la que me hizo pensar en todo esto.